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12.- Convivir con el enemigo: Lo que nadie se atreve a contar en la terapia
Esta mañana, mientras daba un paseo con los perros, hacía balance de este último año y observaba mi situación actual. No es fácil hablar como lo voy a hacer en este artículo. Ya lo hice una vez en la terapia de grupo y percibí que muchos se echaron las manos a la cabeza. Esto me lleva a pensar dos cosas: o bien la gente no es totalmente sincera o consciente de la realidad, o bien soy el único raro de la asociación. Yo me inclino por lo primero. Un día lo hablé con mi psicóloga y me reconoció que, al asistir familiares a las terapias, hay personas que no se atreven a contar sus pensamientos reales por miedo a lo que dirán.
Tras casi un año de rehabilitación, la conclusión más importante a la que he llegado es la necesidad vital de no identificarte con tus pensamientos. Llevo un par de semanas releyendo un libro que ya leí hace años, pero que ahora necesito integrar de verdad en mi vida: El poder del ahora, de Eckhart Tolle.
La mente de una persona que ha sufrido una adicción es una fuente inmensa de sufrimiento. Por un lado, te tortura con el pasado, generando culpa, vergüenza y arrepentimiento. Por otro, trabaja en el futuro fabricando una trampa destructiva: te susurra que, si siguieras intentándolo, podrías conseguirlo, porque en el fondo sabes que puedes lograr lo que te propongas si no desistes. Al observar esos pensamientos en el presente —a los que no haces caso porque estás en rehabilitación— surge inevitablemente una nueva angustia: «¿Estos pensamientos estarán ahí para siempre? ¿Qué pasará si reaparecen dentro de unos años, les hago caso y vuelvo a operar?». Todo eso lo hace la mente, pero tú no eres tus pensamientos, y ahí es donde hay que poner el foco.
Así está mi mente tras un año de proceso. ¿Significa esto que no estoy haciendo las cosas bien? En absoluto. Hace un año que no opero en bolsa, voy a las terapias, he cambiado mis rutinas, duermo mejor, hago más deporte y tomo las decisiones con más calma. Tengo dinero en mis cuentas; una cantidad que en otras ocasiones ya habría metido en el bróker. Hoy no siento impulsos de hacerlo porque sé que arruinaría el proceso de la Ley de Segunda Oportunidad, mi única salida económica. Ese plan de pagos me da un colchón y un anclaje de cinco años que es mucho más fuerte que todo lo demás.
Pero, ¿qué pasará después? ¿Qué pasaría si no tuviese ese anclaje? Desde luego, la situación sería distinta, pero mi caso es el que es y en ese sentido tengo suerte. Siento que, sinceramente, mis creencias más profundas no han cambiado. Esa voz que me decía que tenía que seguir estudiando para buscar un sistema capaz de ganar al mercado sigue ahí, latente. Puedo observar de vez en cuando, de refilón, ciertos pensamientos que surgen. No son habituales, pero sé que están ahí, esperando la oportunidad de brotar.
En un año de terapia no he escuchado a nadie hablar de esto tal y como lo estoy contando yo. Da la sensación de que la recuperación es sencilla y de que todo el mundo está perfectamente, pero yo no me lo creo. Se lo he dicho a mi psicóloga varias veces: ¿seré yo el único raro? No lo creo.
En cualquier caso, da igual. Al final, solo yo puedo lidiar con mis pensamientos. Las terapias ayudan, sí, pero el único que convive con mi mente y sabe realmente la batalla que se está librando aquí dentro... soy yo.
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