13.- El extremo más oscuro de la adicción

En la última terapia de grupo éramos pocos; así es el verano y así es cuando hay partido de fútbol... Pero no por ello dejó de ser interesante. Hablamos de logros, de riesgos de recaída y, como siempre, surgió algún testimonio muy valioso.

La psicóloga abrió la sesión contando que hacía unos días se había encontrado con un miembro antiguo de la asociación y con un familiar suyo. Este socio apenas va ya por allí, tan solo acude de vez en cuando a terapia individual. Decía la psicóloga que el familiar le confesó que era increíble cómo el haber pasado por la asociación les había hecho a ambos mejores personas, y que estaban muy agradecidos. Ella nos explicaba que no es un caso aislado, sino una constante en quienes pasan por aquí. El hecho de hablar de cosas tan íntimas y personales como se habla en las terapias produce cambios profundos; también el escuchar al resto de compañeros y empatizar con sus experiencias. Fue una terapia muy bonita, la verdad.

Sin embargo, hubo un testimonio de una compañera que nos sobrecogió a todos. Cuando tocó destacar un logro, dijo que el más importante para ella había sido recuperar las ganas de vivir, porque cuando entró en la asociación el único pensamiento que tenía era quitarse de en medio. Nos contó que le daba muchas vueltas y que, como lo único que la frenaba era tener una hija pequeña, se le llegó a pasar por la cabeza llevársela con ella.

Es un testimonio terrible que pone de manifiesto la magnitud real del problema de las adicciones, especialmente la adicción al juego. Cuando uno genera un nivel de deudas impagable se ve completamente atrapado, sin salida. Y lo cierto es que ella no era la única en la sala: el tener pensamientos suicidas en ese punto de desesperación es algo bastante generalizado entre los enfermos. Por eso sana tanto escuchar que, un año después, el mayor logro es haber recuperado la vida.

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