ANTI-TRADING
71.- El precio invisible de dar un paso al frente
Habíamos quedado a las 11:55 en la asociación para que los de la TV me hicieran la entrevista. El día antes habíamos acordado que iríamos dos personas, pero a las 9:30 recibí la llamada de mi compañero diciéndome que se le había complicado el trabajo y que no iba a poder ir.
En mi mente resonó con fuerza una idea: qué putada… porque había conseguido dormir tan solo una hora y, desde luego, no estaba en las mejores condiciones mentales para hacer una entrevista. Le dije que no se preocupase, que yo iría. Claro, ahora sí que no podía dejarles plantados.
Seleccioné la ropa que me iba a poner: pantalón vaquero y sudadera negra con capucha. Me habían dicho que podía hacer la grabación de frente y pixelar el rostro, o bien de espaldas… lo que no se esperaban, como comprobé después, es que me pusiese capucha.
En mi cabeza la única idea que me aterraba era que se me pudiese reconocer. Así que analicé los flecos sueltos y pensé que debía ponerme unos zapatos por los que no se me reconociese. Yo siempre me pongo en el peor escenario posible. Así que me acerqué a Decathlon a por unas zapatillas de deporte para usar en la entrevista. Seleccioné unas de las más baratas posibles, con la idea de usarlas allí y luego cuando salga a correr. Cuartada perfecta… en mi cabeza, claro.
Llegué al centro. Me sorprendieron las caras de preocupación de los presentes. Allí estaba la secretaria (que no es ludópata ni familiar, es una persona contratada), el presidente, una psicóloga en prácticas y el compañero grandullón que el otro día salió llorando diciendo que se marchaba de la asociación.
Yo saludé con una sonrisa nerviosa, típica de una persona que no sabe bien a dónde se dirige, pero que no quiere dejar plantado al resto. Hice un par de bromas, hasta que la secretaria dijo:
—Ten cuidado. Yo cambiaría tu forma de hablar, si puedes, porque en la última entrevista emitieron las imágenes sin distorsionar la voz y, aunque el chico estaba de espaldas, se le reconocía.
De repente sentí un nudo en el estómago.
—¿Cómo dices?
El presidente dijo que eso no había sido así. Ella replicó diciendo que en el avance sí salía la voz distorsionada, pero que después no, y se abrió un debate sobre si había sido un error o no. Ella insistía en que los de la TV venían a por carnaza, que no diera cifras de lo que había ganado o perdido ni nada que me comprometiese.
Cómo agradecí lo que me estaba diciendo.
Vi la cara de nervios del presidente, que sabía que no quería bajo ningún concepto que se me reconociese, así que se me ocurrió que les haría firmar un acuerdo antes de la entrevista diciendo expresamente que no les autorizo a emitir las imágenes sin distorsionar la voz.
Tenía un plan B, y lo expuse, aunque solo para hacer la gracia. Dije que podíamos poner al grandullón sentado de espaldas y que yo hablaría, de forma que así sería imposible que me reconociesen. La secretaria, pensando que iba en serio, sentó a mi compañero de espaldas y arrimó su teléfono hacia donde yo estaba para hacer unas pruebas de sonido, con la imagen del chico sentado en la silla. Yo me partí de risa, porque se pensaban que iba en serio.
Pregunté por mi psicóloga y por el otro psicólogo del centro, pero me dijeron que hoy no venían. Jugada del presidente, que me dijo que allí estarían los dos por si los necesitaba… en fin...
Me puse a hablar un rato con la psicóloga en prácticas, que se había apuntado en un papel lo que iba a decir y me lo mostró para ver qué me parecía. Le hice un pequeño comentario sobre una cosa con la que no estaba muy de acuerdo, y no sé si eso la ayudó o empeoró las cosas.
Los de la TV se retrasaron en llegar. Por dentro pensaba que mejor, aunque me daba igual. Solo me preocupaba que no se me reconociese; lo demás me daba igual. Solo tenía que contar un poco lo que quería transmitir.
Estuvimos haciendo unas bromas y aparecieron por la puerta dos chicas, cámara y trípode en mano. Las hicimos pasar a la sala donde se iba a grabar. Mientras preparaban todo, pregunté quién de las dos era la responsable de la entrevista, y una de ellas se identificó diciendo que era la redactora.
Le expliqué que hacía poco habían entrevistado a un compañero y que no habían distorsionado la voz, y que no quería que sucediese lo mismo, por lo que les iba a pedir que me firmaran un documento. No se opusieron.
Tenían caras serias, de tener poca sangre, de estar allí pero podrían estar perfectamente haciendo la compra en el Mercadona. Vamos, como si te mandan a un sitio a ver algo que no te interesa absolutamente nada. La verdad, me sorprendió la actitud.
Les pregunté si podían enseñarme las preguntas que me querían hacer. Me respondieron que no tenían nada preparado, que lo que fuese surgiendo.
En mi cabeza resonó lo que había dicho la secretaria unos minutos antes: van buscando carnaza. En cuanto digas algo, ellos van a ir preguntándote hasta que saquen lo que a ellos les interesa.
Acallé la voz interna con una broma:
—¿Se pueden decir tacos?
Sonaron risas. Expliqué que tampoco es que fuese a soltar muchos, pero a lo mejor me apetecía decir que estoy muy jodido…
Preguntaron quién quería hablar primero. Como la psicóloga estaba un poco nerviosa, me ofrecí a ser yo.
Me hicieron sentar en una silla de espaldas, como había pedido, y me colocaron el micro. Colocaron la cámara formando un pequeño ángulo desde atrás, así que mi cabeza estaba todo el rato un poco preocupada por si en algún momento hacía algún gesto en el que se me viera la cara.
La entrevistadora no se colocó delante de mí, sino un poco a la izquierda para quedar fuera de plano. Pregunté hacia dónde tenía que mirar y me dijeron que al frente. Pregunté si podía mirar de vez en cuando a la entrevistadora para verla, porque así me sentiría más cómodo hablando y me dijeron que sí. Así que hice una pequeña prueba girando la cabeza a la izquierda hasta alcanzar con la vista a la entrevistadora, intentando calcular mentalmente si con ese movimiento se me vería el rostro. Según mis cálculos, no… pero no estoy muy seguro. Espero no haberme equivocado.
Metí las manos en los bolsillos sujetando la petaca del micrófono para calmar nervios y para no hacer movimientos con las manos, que también podía hacer que alguien me reconociese.
Me dijeron que hablara un poco para prueba de sonido, que dijera “1, 2, 3, 4, 5”, y la chica de la cámara dijo:
—Empezamos.
La entrevistadora me miró y me dijo:
—Bueno, explícanos tu historia. ¿Cómo empezó todo?
Me puse a hablar. Me paré un momento, dudé, recompuse lo que quería decir y empecé a contar cómo empecé, por qué y qué buscaba. Expliqué el proceso de pequeñas pérdidas por no tener formación, y cómo con el tiempo descubrí que esto era lo que me gustaba y a lo que me quería dedicar.
Conté que cuando me vi preparado pedí dinero y me arriesgué, lo perdí y entré en un círculo vicioso de préstamos para recuperar. Expliqué que había conseguido ganar dinero en varias ocasiones para cancelar deudas, pero no las cancelaba porque quería dedicarme a ello, motivado por escapar de mi trabajo y de la frustración con la carrera que había estudiado.
Hablé de la dopamina, del proceso de rehabilitación, de la Ley de la Segunda Oportunidad, de cómo lo veo yo.
Cuando acabé pregunté si querían hacerme alguna pregunta. La entrevistadora me dijo que no, que lo había expuesto muy bien.
Me levanté de la silla y me fui de la sala para que estuviese tranquila la psicóloga y para preparar con la secretaria el documento que debían firmar. La psicóloga terminó pronto; la cortaron rápido, pobrecilla. Dijeron que como yo había hablado mucho ya no era necesario.
Resulta que les dijeron que lo que se iba a emitir duraba como un minuto. Yo hablé unos veinte, así que no sé ni qué pondrán.
Me despedí de los compañeros y marché a casa. Llevé al presidente a su casa, que no había traído coche, y charlamos un poco en el trayecto sobre la asociación.
Camino a casa recompuse todo lo que había sucedido. No podía quitarme de la cabeza que emitiesen la grabación sin distorsionar la voz o que se me reconociese porque se me viese algo la cara. Por otro lado, me arrepentía de haber hablado de la Ley de la Segunda Oportunidad. Pero ya no había marcha atrás.
Tuve que lidiar toda la tarde con esos pensamientos. A las 18:00 ya había terminado de llevar y recoger a los niños de las extraescolares. Comí algo y me eché en la cama intentando descansar un poco. A las 20:00 me levanté para que los niños cenasen y se acostasen, y yo hice lo propio.
Por fin una noche de descanso, aunque entrecortada, porque me desvelé varias veces. Pude estar más o menos dormido hasta las 5:30. Me levanté de la cama con una sensación de resaca por tanta emoción y tan poco descanso en los últimos días .
Ahora solo queda esperar a que se publique la entrevista para poder descansar.
Para bien o para mal.
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