74.- Entre el dogmatismo y la rehabilitación a medida: Crónica de una terapia de sábado

Ayer volví a asistir a la terapia de grupo de los sábados, esa sesión más numerosa donde coincidimos enfermos y familiares. Mi intención era pasar desapercibido, observar y escuchar, a menos que —como me ocurrió el otro día— sintiera la necesidad de apoyar a algún compañero. Sin embargo, lo que viví me dejó reflexionando profundamente sobre los métodos y el tono de ciertas rehabilitaciones.

La sesión fue coordinada por un enfermo con ocho años en la asociación a quien yo no conocía. Empezó con una actitud tajante, advirtiendo que no hablaría de sí mismo porque había muchas palabras pedidas. Acto seguido, se dirigió al miembro más joven del grupo con un tono inquisitivo, casi amenazante. Le cuestionó duramente si realmente estaba haciendo lo necesario para recuperarse, acusándole de no haber dejado de jugar ni de consumir. Ver a ese chico con las manos y las piernas temblando mientras intentaba responder que llevaba tres semanas sin robar a nadie me encogió el corazón. Me impresionó la dureza del coordinador. Entiendo la disciplina, pero me cuesta comprender esa "caña" tan extrema, especialmente cuando el mensaje parece rebotar en el perfil de ciertos compañeros sin surtir efecto.

Sin embargo, el punto de giro de la terapia llegó cuando el propio coordinador confesó algo que para él era una liberación: después de ocho años, se había permitido jugar al parchís con su sobrino.

La reacción de los miembros más veteranos ante este "pecado" me sorprendió enormemente. Hablaban del parchís como si a un alcohólico le dijeran que no puede volver a beber agua porque, al ser líquida, le podría "activar el chip del juego en su cerebro". Se manifestó entonces la faceta más extrema de la asociación, esa visión casi sectaria donde se demoniza absolutamente todo: los dardos, el futbolín, cualquier juego, haya dinero de por medio o no.

Desde mi humilde opinión, creo que la rehabilitación de este coordinador, que es capaz de disfrutar de un juego inofensivo con su sobrino, es mucho más efectiva y real que la de aquellos que viven sumidos en un pánico terrible hacia un tablero de colores. Evidentemente, no mencioné que yo juego a cartas con mis hijos o participo en torneos de pádel. Sigo pensando que el trading tiene matices distintos y que mi problema se desarrolló de forma diferente a otros juegos de azar.

El revuelo aumentó cuando un asistente mencionó que cumplía dos años en la asociación y que esperaba recibir el alta terapéutica, tal como estiman los psicólogos y la propia FEJAR (Federación Española de Jugadores de Azar Rehabilitados). Algunos veteranos reaccionaron con desprecio, sugiriendo que los psicólogos "deberían repetir la carrera" porque, según ellos, esta es una enfermedad incurable que exige asistencia de por vida, donde es necesario acudir a terapia todos los jueves y sábados, como quien va a misa sin faltar ningún domingo.

Mi conclusión tras esta sesión es clara: en la rehabilitación no sirve el "café para todos". Cada enfermo es único. Es posible que, para algunas personas, el parchís sea un desencadenante, y en ese caso hacen bien en evitarlo. Pero demonizar lo inofensivo por norma general me parece un exceso, al igual que prohibir de forma vitalicia llevar algo de dinero encima.

Yo defiendo una rehabilitación a medida, supervisada por profesionales — los psicólogos y psiquiatras— y basada en la responsabilidad individual. Las terapias de grupo son valiosas para compartir experiencias y testimonios, pero pierden su esencia cuando se convierten en un espacio para imponer dogmas o presionar a los demás. Al final del día, el objetivo es recuperar una vida normal, no vivir con miedo para siempre.