76.- Crónica de 23 - 24 de diciembre: Entre villancicos, deudas y la necesidad de decir "NO"

Asistí a la última terapia el pasado 23 de diciembre. En la asociación se sentía ese ambiente navideño que se respira en todos los sitios por estas fechas y que tan poco me gusta. No es que sea el Grinch, pero hace años que no me gusta mucho. Quizá sea por mi estado de salud (me suena mal hasta decirlo), pero sí: la salud mental es una parte de la salud y afecta a todo, entre otras cosas a las ganas que tengas de hacer lo que se supone que tienes que hacer aunque no te apetezca.

Llegué media hora antes porque me despisté con la hora tras comprar unos regalos para los chicos. Al entrar pensé que no había terapia; no había nadie por los pasillos. Fui a la secretaría y estaban todos allí metidos: coordinadores y cúpula directiva. "Reunión de pastores...", pensé. Eran ocho o diez personas en un sitio para tres o cuatro a lo sumo. Saludé y me salí fuera.

Poco a poco fue llegando la gente. Una de las primeras fue la hermana de un compañero al que considero una "bomba de relojería", porque lleva desde el principio diciendo que va a hacer lo que le dé la gana, manejando dinero negro, etc. Ya he hablado de él porque tenía que saldar deudas con unos prestamistas; una deuda que se iba incrementando 2.400 euros al mes. La hermana traía una cara que reflejaba que algo no iba bien. Al preguntarle, me respondió que mejor ni hablar, que cuando viniera su hermano contara lo que quisiera, que ella quería hablar con la psicóloga. En esos momentos uno no sabe qué decir, más que dar ánimos.

Ya en la terapia, el coordinador empezó con bromas sobre la lotería y la gente que va disfrazada al sorteo a "hacer el gilipollas". Habló de una anécdota de una mujer que, disfrazada, se metió una hostia en directo. Hizo una reflexión que comparto: ¿se imaginan anuncios en la tele invitándonos a todos a consumir heroína por Navidad? Y es así. El juego es una droga para muchos y no debería promocionarse, igual que el alcohol. Yo pensé lo mismo al recibir la cesta de Navidad de mi empresa... vaya, podrían habernos metido un poco de marihuana o cocaína a todos. En realidad el alcohol es una droga exactamente igual; legal y generalizada, sí, pero una droga.

Después, el coordinador dio paso de forma forzada a una persona de unos 60 años, jugador de lotería. Le pidió que explicara lo que se había jugado. Nos habló de cifras astronómicas para mi cabeza de no jugador: 6.000 euros en Navidad y 3.000 en el Niño, sin que le tocara ni el reintegro. No pude evitar empatizar y sentir un malestar que me subía del estómago a la garganta. Hablaba muy bien, manejando los silencios; el jodío nos hacía meternos en su historia. Nos contó que había jugado cantidades de 12.000 euros de una sola vez, yendo de administración en administración comprando de 3.000 en 3.000 euros. Imaginé la dopamina que se generaría cada día antes del sorteo creyéndote hipermillonario, y después la emoción del sorteo y lo que se siente al perderlo todo en poco tiempo.

Comparado con lo que yo hacía en el trading es similar. Con las opciones había un vencimiento en el que se esfumaba todo. Yo había manejado operaciones con esas cantidades, así que sé lo que se siente, aunque con una diferencia: él sabe que la lotería es azar puro. El que hace trading piensa que no lo es, aunque tenga un componente de azar. Cuántas veces he acertado el movimiento del mercado, pero no exactamente en el tiempo previsto... pero así es el mercado: primero echa a todos y luego hace el movimiento. El compañero concluyó reconociendo que solo le había tocado una vez un premio de 5.000 euros. Sentí una punzada en el corazón. Pobrecillo. Cifras astronómicas y jamás un premio grande. Reconoció que la lotería es un impuesto y que hay personas que, como él, aceptan que pagan muchos impuestos por un sueño que no se cumple.

A continuación, habló el de los prestamistas. No quería hablar, pero el coordinador, intentando ayudar, la lió gorda. Para calmar el ambiente tras la intervención de la hermana (que dijo estar cansada de apoyarle durante 30 años), el coordinador dijo que no era nada relacionado con el juego. En mi mente pensé: alcohol o drogas... o mujeres, vete tú a saber. Pero mi parte racional dijo alcohol o drogas; todos sabíamos que había estado en un centro hace dos años. El coordinador le lanzó la pregunta: "No hables si no quieres... solo que , para que estén todos tranquilos, que conste no es nada de juego... ¿es un tema de drogas quizá?". Él respondió metiendo las manos entre las piernas y diciendo un "bueno...".

Joder, cómo la acababa de liar el coordinador. Se dio cuenta de su metedura de pata y dijo: "Vaya, perdón... al final te he hecho hablar". Pues claro, listillo, si haces una pregunta directa de sí o no en terapia, ¿qué esperabas, lince?

Me dio mucha pena el compañero por su recaída. El resto de testimonios fueron superficiales, como siempre.

Me sienta mal especialmente una pareja joven. El chico , de apuestas deportivas y su novia; siempre acuden juntos. No es envidia, porque yo prefiero acudir solo para expresarme mejor sin dar explicaciones a mi mujer de por qué digo cada cosa. En todas las terapias no les he escuchado hablar de juego nunca, solo de que todo va bien, que van a hacer un viaje, jijí, jajá... El coordinador les hace gracias como si fuera un programa de televisión. Les dieron la noticia de que pasaban al grupo intermedio y pensé: qué bien, una temporada sin estos dos. No me gusta la gente que viene a "calentar la silla" y a escuchar cómo los que sí nos mojamos contamos nuestras mierdas mientras ellos dicen que todo bien. Yo también estoy haciendo las cosas bien, pero mis receptores dopaminérgicos están "churruscados" igual que los suyos, tengo depresión por el dinero y la culpa de haber mentido a mi pareja. Quizá el raro sea yo.

Cuando hablé, conté lo que más me había removido la semana anterior. Intento hablar de cosas que me sirvan a mí, porque exponerse en público es jodido y uno cambia cuando lo hace. También para que los demás vean que, aunque digan que están bien por no atreverse a hablar de sus emociones, los demás también estamos jodidos. Hablé de lo de mi padre... que me había reclamado el dinero que me prestó. El coordinador recomendó que hablara con ellos, pero expliqué que no es tan fácil por su situación de salud y cosas que no podía explicar en el grupo. Noté el apoyo y respeto de la gente.

Para cerrar, el coordinador sacó un micrófono y levantó a un compañero que es cantante para cantar un villancico. Primero cantó él solo con música en el móvil; una especie de villancico raro con música pegadiza. Se apreciaba que es de los que cantan en la ducha, una pasión frustrada que tienen que aguantar sus familiares. Él estaba en su salsa mientras los demás nos reíamos; él ya lo sabía, es a lo que va a las terapias.

El coordinador dice que le viene bien escuchar testimonios para no olvidarse de lo que le pasó a su hijo, y su forma de ayudar es hacer gracias todo el rato.

Conmigo ya no se mete (o le ha dicho mi psicóloga que a mi me molesta o ha detectado que eso no va conmigo), pero con otros sigue igual.

Después llegó el turno del compañero "profesional". El coordinador hizo la gracia de decir que ponía el micro en modo profesional y puso la música, pero el compañero le dijo: "No, no.... yo voy sin música". Y cantó un villancico precioso, con el corazón. A mí no me gustan estas payasadas, pero reconozco que en el sitio en el que estaba me emocionó mucho. Fue un acto muy bonito para cerrar. Aplausos y para casa.

Al día siguiente era Navidad. No tenía ganas de nada. Nos "tocaba cenar" en casa de mis suegros, pero me pasé el día en la cama y le dije a mi mujer que no quería ir. Ella no lo entendía (o sí, porque me dijo que me entendía), pero entre medias iba y venía de la habitación discutiendo ella sola, porque yo permanecía tumbado con los ojos cerrados. Yo la decía simplemente que tenía derecho a quedarme en la cama si me encontraba mal; que ella hace un par de años se encontró mal uno de los días que teníamos que cenar con mis padres y yo no la agobié, simplemente cancelé la cena y cené con mi mujer y mis hijos en casa.

Mi mujer, viendo que no me convencía, cogió a los niños y se fueron a cenar. Yo me levanté de la cama y cené las sobras de la comida, pensando en la gente que esa noche estaría en la calle, sola y sin comida. Agradecí que yo al menos tenía casa y comida. No fue un día triste; al contrario. Me sentí bien. Necesitaba estar solo. Necesitaba que se acepte un NO cuando no apetece hacer algo. Aproveché para envolver los regalos de los niños y después me metí en la cama de nuevo.