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77.- La trampa de aburrimiento
Creo que el día que menos me gusta de la semana, sin duda, es el domingo. Cualquiera diría: «vaya tío, como a todo el mundo, a nadie le gusta trabajar y el lunes toca volver». Pero no es eso. No pretendo ser especial ni un desgraciado; solo reflexiono en voz alta sobre lo que significa vivir con un cerebro en reconstrucción.
Aún recuerdo las palabras del psiquiatra hace cuatro meses: «Tienes ansiedad y depresión, pero eres más depresivo que ansioso», decía mientras sostenía la batería de cuestionarios que cumplimenté. Y vaya si tenía razón. Ambas trabajan juntas en mi organismo, pero las distingo perfectamente. Este fin de semana, por ejemplo, la depresión ha estado al mando. Una tristeza generalizada, un impulso constante de meterme en la cama... No tenía sueño, pero es que no tenía ganas de hacer absolutamente nada. Mi mente intentaba decirme que me animara, proponiéndome cosas fáciles: dibujar, recoger algo, sacar a los perros, escuchar música o ver una película. Nada. NADA.
Eso es la depresión actuando: te ata a la cama. No es como la ansiedad, que se localiza en el pecho; la depresión es una especie de nube que atrapa tu cuerpo por completo y te dice: «Aquí te quedas, y punto».
El sábado hice un esfuerzo grande y fuimos al cine con los chicos y a cenar fuera, como me había pedido mi mujer. Lo pasé bien y me sentí satisfecho con el esfuerzo. Pero el domingo fue distinto. Desde primera hora, la depresión apretaba con una pereza pesada que me arrastraba a las sábanas una y otra vez. Cualquiera que me viese pensaría que estoy loco: me levantaba, intentaba hacer algo y a los treinta minutos volvía a la cama. Me levantaba de nuevo, iba donde estaban los niños y les proponía algún juego; ver que ellos se lo pasaban bien me tranquilizaba, así que intentaba poner una lavadora o escuchar un podcast. Pero a la hora, como mucho, tenía que acostarme otra vez. Me tumbé y me levanté unas seis veces. Patético.
Por la tarde, el dolor de cabeza y el ruido de los chicos empezaron a pasar factura. Mi mujer llevaba fuera toda la mañana y, cuando llegó sobre las cuatro y media, necesité escapar. Me costó una hora salir de la cama para sacar a los perros, pero al salir me llevé una sorpresa: hacía buen tiempo. Mi mente me había pintado un panorama de quince grados menos para mantenerme atrapado. Me había preparado una infusión para la montaña como truco para contrarrestar ese frío terrible que me pintaba la "cachonda" de la depresión. Al final, tomé mi infusión en la cima observando el paisaje y volví renovado. Fui a dar otro paseo, esta vez con los niños y a coger algo de cena, que a ellos les gusta que haga de vez en cuando.
A las ocho de la tarde ya estaba en la cama, aunque no me dormí hasta las diez, pero a medianoche me desperté. Cero sueño. Mi amigo el insomnio venía de visita. Por eso no me gustan los domingos; saber que empiezas la semana jodido es una putada. Así que aquí estoy ( 00:30) , con las gafas de color ámbar y escribiendo un rato para no pasarme horas mirando al techo. Al menos así siento que no es tiempo perdido.
¿Tiempo perdido? A veces me paro a pensar si realmente lo estoy perdiendo. Hoy en día, si no eres hiperproductivo, parece que no eres nadie. Pero soy consciente de que lo que vivo es normal. La ansiedad y la depresión son las respuestas naturales de mi organismo para adaptarse al cambio: pasar de un estado de estrés constante, cortisol y dopamina a raudales, a un proceso de recuperación donde el aburrimiento es el rey.
Ese aburrimiento es, en realidad, una trampa donde muchos recaen. Es una sensación molesta, muy molesta. Sin embargo, ahí está la cura: en soportar ese vacío. No hay que ser un kamikaze, pero es en esos espacios de aburrimiento donde el cerebro cambia y se adapta. No vas a morir de aburrimiento, tranquilo. Lo que no debes hacer es darle al cerebro la dopamina que pide a gritos para huir de esa sensación: nada de vídeos cortos en Instagram, nada de alcohol, nada de estímulos rápidos.
Debes convivir con el aburrimiento. Si buscas dopamina para salir de él, no tienes el control; dejas que el cerebro te arrastre igual que te arrastraba a buscar sistemas de trading o a operar. Mis padres siempre cuentan que, de pequeño, en los viajes en coche yo decía todo el tiempo: «me aburro, me aburro». Ellos pensaban que me mareaba. Quizá es que ya entonces no sabía etiquetar lo que me pasaba.
Ahora me aburro, sí. Pero es lo que toca. Convivir con la anhedonia, el duelo, la depresión y la ansiedad. Todo forma parte de la recuperación.
Si te interesa la base científica de lo expuesto, echa un ojo a la sección BLOG, donde hay un artículo sobre el aburrimiento .
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