83.-Conducir sobre el hielo: El frágil equilibrio entre la calma y la creación

Anoche me acosté, como siempre, sobre las 22:00. Noté enseguida esa sensación de pesadez en los párpados que suele meterme rápido en el sueño. Sin embargo, un par de interrupciones de mis hijos, sumadas a una mente ajetreada —por un lado, por el vídeo de mi mentor del que hablé en el artículo anterior y, por otro, por el nuevo libro al que llevo un par de días dando forma mentalmente — hicieron que me saltase el paso de quedar dormido. De repente, estaba en la cama dando vueltas, con los ojos como platos.

Lo bueno de conocerse un poco es que sabes lo que hay que hacer. Me levanté, me puse las gafas ámbar y empecé a escribir para intentar liberar mi mente. Volví a la cama a medianoche, aunque no logré dormir hasta casi la una. A las cinco me he despertado. Son cuatro horas; dos menos de las que venía durmiendo. Solo habían pasado un par de cosas sin importancia, pero en mi estado son suficientes para alterar mi cabeza hasta el punto de quitarme el sueño.

Esta mañana, tumbado en la cama, intentaba que el sueño me atrapase de nuevo, pero mi cabeza no me lo iba a permitir: hoy tocaba levantarse a escribir. Mi mente está en modo creativo y no me va a dejar en paz. El lunes tengo terapia con mi psicóloga y tengo que hablarle de todo esto para que se entienda lo que me pasa.

Mi vida desde hace unos meses es como intentar conducir un coche por un lago completamente helado. Así es mi cabeza: extremadamente inestable. En cuanto te despistas y vas un poco más rápido de la cuenta, pierdes el control y acabas en el insomnio. Por otro lado, si vas muy despacio —como he ido esta última semana— mantienes el control y duermes bien, pero a costa de no hacer grandes cosas que te alteren emocionalmente.

El problema es que casi cualquier interacción externa es una fuente de alteración debido a la sensibilidad que tengo ahora mismo: el trabajo, los niños, las relaciones... Intento vivir el día a día de la forma más tranquila posible para no agitarme. Pero luego está mi parte interna, y una de ellas es la creatividad. He notado que la creatividad también me saca del equilibrio. Es una fuerza muy potente que, cuando me bombardea con ideas, no me deja descansar hasta que las plasmo. Supongo que a los artistas e inventores les pasa lo mismo: surge una idea de la nada y tienes que cazarla, porque las ideas se pierden, os lo aseguro.

Por eso veréis que tengo periodos en los que escribo mucho y otros en los que no escribo nada. Cuando escribo mucho, suelo dormir poco. Escribir es mi forma de intentar estabilizarme, de recuperar el control del vehículo sobre el hielo. Prefiero ir despacio, aunque produzca menos, con la esperanza de que poco a poco llegue la primavera y el hielo desaparezca. Entonces podré correr un poco más.

Es cuestión de tiempo que mi cuerpo se estabilice con las terapias, el paso de los meses y la solución de mis problemas de deudas. Mientras tanto, lo que mejor me va es no desesperarme. Aprender a observar incluso cuando se va despacio. Estamos tan acostumbrados a la obligación de ser hiperproductivos que no nos damos cuenta del daño que nos hacemos.

Creo que es mejor avanzar poco a poco. Habrá personas que se molesten porque vas lento o porque te refugias en ti mismo, pero qué le vamos a hacer. Lo más importante para alguien que está enfermo o que no se encuentra bien es centrarse en sí mismo. Ya habrá tiempo de pensar en los demás cuando la recuperación sea sólida.