85.- El equilibrio entre la escritura y el hogar

Hoy escribo rápido, para calentar los dedos. No quiero perder mucho tiempo porque solo tengo una hora y media antes de tener que levantar a los peques para el cole, pero el ritmo de mi segunda novela no me deja parar. Y eso es bueno. Dicen que un escritor que se aburre es un lector que se duerme, pero cuando un escritor vibra, el lector no puede soltar el libro. Siento que tengo algo grande entre manos, al menos para mí, porque los personajes me piden más; ellos solos van marcando el camino.

Ayer domingo madrugué bastante y estuve escribiendo hasta las ocho. En cuanto se despertaron los tres peques, cerré el ordenador. Decidí dedicarles toda la mañana con tiempo de calidad real: sin móvil, sin distracciones, presente al cien por cien. Y vaya si lo notaron. Acabé agotado, pero valió la pena. Querían todo de mí: que jugara, que les imprimiera dibujos para colorear... Presencié en tiempo real cómo cambiaba su estado de ánimo; se sentían seguros con mi presencia.

Después cociné con mi hijo mayor una receta que había visto por ahí: pollo empanado con Doritos. Fue un éxito absoluto, tanto que los pequeños nos la pidieron hasta para merendar. Tenía pensado escribir después de la siesta, pero la siesta no existió. Me tumbé a las ocho de la tarde, agotado, y los dos pequeños interpretaron que tocaba "pelea con papá".

Al final me desvelé. Las ideas que no se habían expresado durante el día estaban en mi cabeza como en una olla a presión. Sabía que no iba a poder dormir hasta que no escribiera un poco, así que invertí los papeles: cambié la hora del despertador y me puse manos a la obra. Estuve hasta la una de la mañana. Tres horas.

Una vez más, me di cuenta de lo que supone la escritura para mí. No sé si quedará como un hobby o como algo más serio, el tiempo lo dirá, pero ahora me quedo con lo terapéutico. Para alguien que se está recuperando de una adicción, tener una actividad que te permite estar tres horas con la mente enfocada, reflexionando y dejando todo lo demás a un lado, es un descubrimiento vital. Además, al escribir sobre adicciones, me obligo a reflexionar sobre detalles que de otro modo pasarían por alto. Al escribirlo y leerlo, esas ideas pasan a otro plano de conciencia.

Hoy tengo cita con la psicóloga tras un mes y medio desde la última sesión. Han pasado tantas cosas que no sé ni por dónde empezaré; me dejaré llevar por lo que salga en el momento. Supongo que haré balance de este tiempo y luego ya veremos. Reconozco que tengo cierta inquietud por si me propone pasar al grupo intermedio. Tengo ganas, pero debe ser ella quien lo decida. El coordinador de la última sesión tomó notas tras mi intervención, así que imagino que habrán hablado.

Lo importante es que vamos a por un día más de recuperación. Estoy satisfecho y, sobre todo, me siento cómodo con el proceso. No me da pereza; voy viendo la evolución en todos los aspectos. Me quedo con una frase que dijo un compañero el otro día: «La rehabilitación es un proceso de crecimiento personal».

Y yo, sigo en el camino. Un día más.