ANTI-TRADING
86.- Regreso a las terapias individuales después de Navidades
Vamos a por un nuevo artículo.
Escribí un par de ellos ayer, pero no llegué a publicarlos.
Son las dos de la mañana y me he desvelado tras una discusión con mi pareja. No me gusta escribir aquí sobre ella, pero este es un blog de rehabilitación y, para alcanzar el objetivo de conocer las causas de mi ludopatía, lo primero es ser sincero conmigo mismo. Así que allá va el artículo; dejaré, como siempre, que las palabras salgan solas.
Ayer volví a terapia tras más de un mes y medio. Tenía muchas ganas. Al entrar, la psicóloga me preguntó si podía participar una alumna en prácticas. Una parte de mí pensó: «Mejor no, porque no voy a hablar igual», pero mi parte consciente la dejó pasar. Por un lado, me gusta colaborar en el aprendizaje de los demás y, por otro, me supone un esfuerzo extra; estoy más expuesto y eso me obliga a superar la vergüenza. Acepté. Tenía frente a mí a dos profesionales con ganas de escuchar mi caso, que siempre es imprevisible porque ni yo mismo sé qué voy a contar. Me dejo llevar, igual que cuando escribo.
Antes de seguir, una aclaración que fue precisamente el objeto de la discusión de ayer: yo escribo en el ordenador utilizando solo cinco dedos, que en realidad se reducen a cuatro porque el pulgar solo sirve para la barra espaciadora. Mi ritmo físico es lento, mucho más lento que mi cabeza. Por eso, hace un par de años, descubrí la IA. Es un invento maravilloso capaz de descifrar lo que escribo, corrigiendo faltas y erratas de tecleo sin tocar mi mensaje. Me permite escribir a la velocidad del rayo y eso me encanta; es lo que necesito para compaginar la escritura con un trabajo de 40 horas y tres niños pequeños. Quedaos con esa idea, que luego volveremos a ella.
Volviendo a la terapia, mi psicóloga me vio entrar todo sonrisas. Llevo seis meses recuperándome y el alivio en sus caras (y en la mía) era palpable. Pero le aclaré que no todos los días han sido buenos. Le hablé de la depresión en Navidades, esa que me ató a la cama e incluso me impidió cenar con los míos. Su sonrisa se volvió seria en un micromovimiento. «Eso te habrá traído problemas con tu mujer, ¿verdad?», preguntó. Le respondí que sí, aunque luego ella me comprendió.
Le expliqué que la depresión es una enfermedad invisible; no es como tener una pierna rota o vomitar. Es algo mucho más grave que llega a matar personas, pero nadie entiende que necesites quedarte en la cama. Con seis meses de rehabilitación ya soy capaz de plantarme y decir: «Esta vez no; estoy enfermo y necesito quedarme aquí, guste o no». Y así lo hice. Analizamos que el exceso de tiempo libre es malo para mí; las vacaciones de los niños me quitaron la ocupación de las tardes y, aunque necesitaba descansar, a los pocos días me encontraba mal.
También le hablé de las cosas buenas: mis objetivos, mis dos libros y la satisfacción de saber que el blog está ayudando a gente (recomiendo la sección de testimonios si no la habéis visto). Me preguntó por mi mujer y le conté que estamos un poco mejor porque ella ha empezado a buscar información sobre ludopatía por su cuenta. Aunque se niega a venir a terapia, saber que empieza a entenderme me hace sentir bien.
Reconocí que, a veces, discutimos por "tonterías", como cuando dice que pierdo el tiempo dibujando o escribiendo. No entiende por qué lo hago y tampoco está dispuesta a escucharme durante una hora sin juzgar, como hacen las psicólogas en la terapia. Para alguien con una enfermedad mental, tener a alguien que te escuche sin juicios es vital, y no tenerlo es un gran problema.
Al salir, me dijo que me veía muy bien y me citó para dentro de tres semanas. Le solté una broma preguntando si se quería librar de mí, y al final conseguí que me viera en quince días. Por cierto, me confirmó que un compañero y yo somos los siguientes para pasar al grupo intermedio en marzo. Mes y medio como mucho, aunque he pedido adelantarlo a febrero.
Regresé contento a casa, pero la calma duró poco. Al recoger a los niños al colegio, un acto inofensivo de ayuda a mi mujer se convirtió en mi tortura. Una discusión que duró todo el día. Dicen que dos no discuten si uno no quiere, pero yo añado: si uno quiere y no para hasta conseguirlo, lo más probable es que acabéis discutiendo. Tendréis que leer el siguiente artículo para saber qué pasó, porque si no, este se hace demasiado largo...
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